Las Pérdidas

Llega un momento en la vida (distinto para todo el mundo) que ya somos grandes y todos hemos perdido a alguien.. No es facil, a nadie le gusta, pero a todos nos ha pasado. Alguien muy cercano, un tío abuelo lejano, una mascota quizás, pero alguien se nos ha ido 💔! Y de una u otra forma con el tiempo lo aprendemos a superar, o aprendemos a vivir con la pérdida y la pena.

Pero cuando se llega a una cierta edad, en la mayoría de los casos, las pérdidas son muchas y muy seguidas. Se pierden amigos y familiares hasta el punto que muchas veces se siente que “soy el último que queda” y que “todos se están yendo.”

El entorno social se ve reducido a los hijos, que visitan cuando pueden, los nietos en los domingos familiares, (si es que los hay), las personas que nos ayudan en la casa, y un par de amigos con los que se toma un cafécito cada quince días, o a quienes encontramos en las salidas esporádicas. Las pérdidas sociales y familiares se pueden tornar algo tan cotidiano que nos deja de afectar tanto! O algo tan frecuente que nos deprime irreparablemente..

Pero no solo me refiero a las pérdidas de personas, que por supuesto son terribles y devastadoras para el ser humano, por más que sean parte de la vida y sepamos que nadie está aquí para siempre. 

Los adultos mayores a parte de tener muchas de esas pérdidas – porque el que llega a viejo inevitablemente perdió a gente que quiso mucho en el camino! Además se pierden capacidades, facultades y aparentemente hasta derechos. 

Por dolencias y achaques muchos adultos mayores se sienten inseguros o temerosos. Poco a poco dejan de hacer cosas que han hecho siempre por miedo a caerse, por desconfianza de lugares o personas nuevas, o porque al hacerlas con menos rapidez los demás nos desesperamos y las queremos hacer por ellos. Pero no siempre los temores son propios, a veces son “contagiados” o indirectamente inculcados por hijos, cuidadores o demás familiares que por proteger y prevenir accidentes o malos ratos, aumentan las limitaciones del adulto mayor paulatinamente. En muchos casos eventualmente dejándolo casi “incapacitado” aunque realmente no lo esté. 

Hace muchos años- antes de que trabaje con adultos mayores- una señora de unos 80 años me chocó el carro. Recuerdo con mucha pena que su ansiedad y preocupación más grande era que su hijo no se entere! Le importaba poco el daño a mi carro o que pudo haber sido un accidente más fuerte! Ella solo pensaba en que esto ya había pasado antes y que no la iban a “dejar manejar” – iba a perder su independencia!

Como hijos, que muchas veces nos toca tener el rol de padres de nuestros padres en algunos aspectos, sería bueno que de vez en cuando nos pongamos en sus zapatos. Nos gustaría tener que pedir permiso hasta para comernos una uva? Porque quizás tiene mucha azúcar? O que un “muchachito” nos diga que ya no podemos manejar? O que nos obliguen a bañarnos aunque no nos provoque? Nos gustaría tener que avisar hasta cuando queremos ir al baño? O tener que rendir cuentas de cada centavito que nos gastamos? 

La vejez está llena de pérdidas… No solo se pierde a mucha de la gente con quien hemos recorrido el camino, se pierde la autonomía, se pierden las ganas, se pierde la libertad. 

Los que aún no hemos llegado a esa etapa del camino y tenemos a personas que ya lo están cerca nuestro, tengamos presente lo difícil que se nos haría estar en sus zapatos, y tengamos mas empatía. Seamos más solidarios ante todas esas pérdidas que nuestros viejitos viven diariamente e intentemos evitarlo. 

Estefanía Orellana